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El 29N no voy a votar

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El 6 de octubre el BOE publicó el Real Decreto 806/2026: se disuelven las Cortes y el domingo 29 de noviembre volvemos a las urnas para elegir Congreso y Senado. La campaña irá del 13 al 27. Ya me sé el guion de esas dos semanas: que es la elección más importante de nuestra vida, que quedarse en casa es regalarles el Gobierno a los malos, que la democracia se defiende en las urnas. El mismo guion que la última vez, y que la anterior.

Yo esta vez no voy a votar. Y quiero explicar por qué, porque no es pereza ni es que me dé igual. Es justo lo contrario.

El problema no es quién gana

Hace un año y medio escribí unas reflexiones sobre política en las que decía que, para mí, el sistema político actual está podrido. Lo sigo pensando, y nada de lo que ha pasado desde entonces me ha hecho cambiar de opinión. Pero con el tiempo he entendido algo que entonces solo intuía: el problema no son unos políticos concretos, ni un partido u otro. El problema son las reglas del juego, que permiten que cualquiera que llegue arriba haga lo que quiera sin que nadie pueda pararle los pies.

Cuando voto al Congreso no elijo a una persona. Elijo una lista que ha cerrado la cúpula de un partido. El diputado que sale de esa lista no me debe nada a mí ni a mi provincia: se lo debe a quien lo puso en la lista, y si quiere repetir, le obedecerá a él. Tampoco elijo al presidente del Gobierno: lo eligen esos mismos diputados, que son del mismo partido que el Gobierno al que deberían controlar. Y a los órganos que gobiernan a los jueces los acaban repartiendo esos mismos partidos.

¿Quién controla a quién, entonces? Nadie. Por eso cambiar PSOE por PP, o PP por Vox, o cualquiera por el siguiente que venga prometiendo regeneración, no cambia nada de fondo. Se va el inquilino y la casa sigue igual.

Lo que propone la Junta Democrática

Ya mencioné a la Junta Democrática de España en aquel artículo. Desde entonces he leído bastante más sobre lo que proponen, y lo que más me convence es que no es un partido, no se presenta a elecciones y no pide el voto para nadie. Dicen que formar un partido es aceptar las reglas del juego que quieren cambiar, y que sus estatutos los obligan a disolverse en cuanto se consiga el objetivo. No tienen ideología. No les interesa si eres de izquierdas o de derechas: les interesan las reglas. Es como el código de circulación: no es de los que conducen un coche rojo ni de los que conducen uno azul, y protege a todos por igual.

Su propuesta, resumida mucho, es esta:

  • Representación de verdad. Distritos pequeños de un solo diputado, elegido por mayoría a doble vuelta. Una persona con nombre y apellidos que responde ante los vecinos de su distrito, con un mandato imperativo y revocable: si no cumple, se le echa.
  • Separación de poderes de origen. El Parlamento y el presidente del Gobierno se eligen en elecciones distintas, para que quien legisla y controla no dependa de quien gobierna.
  • Una justicia independiente, cuyo órgano de gobierno elijan los propios profesionales de la justicia y no los partidos.
  • Un periodo de libertad constituyente: una etapa provisional durante la cual los españoles decidamos la forma de Estado en referéndum y nos demos una Constitución nueva, con una declaración de derechos, en vez de la que se negoció entre partidos al salir del franquismo.

Todo eso es lo que llaman libertad política colectiva: que los ciudadanos, juntos, podamos decidir las reglas con las que convivimos y tengamos los mismos medios para elegir y controlar a quien nos gobierna. No que nos dejen opinar cada cuatro años sobre qué lista prefieren otros.

Puede que algo de esto suene muy lejano, pero es más o menos lo que ya hacen otros países a los que nadie llamaría dictaduras. En Estados Unidos, el presidente y el Congreso se eligen por separado, y cada congresista representa a un distrito. Aquí, en cambio, nos presentan como democracia algo que se parece bastante más a lo que la JDE llama partitocracia: el poder no es del pueblo, es de los partidos.

Abstencionario, no abstencionista

Y aquí está la parte que más cuesta explicar. La JDE defiende la abstención activa, y no como un gesto aislado: es una de las patas de lo que ellos llaman no colaboración pacífica con el régimen. Hace unos días publicaron un artículo, De abstencionistas a abstencionarios, que lo explica muy bien.

El abstencionista se queda en casa porque está harto o desengañado, pero en el fondo sigue buscando al partido bueno, al que por fin no le falle. Y cuando cree haberlo encontrado, vuelve a votar. Así funcionó con Podemos y así ha funcionado con Vox: llegaron prometiendo romperlo todo y acabaron dentro, sentados en el mismo sistema que criticaban. Es lo que contaba en La disidencia domesticada: el poder no reprime al que disiente, lo absorbe.

El abstencionario no espera a ningún partido. No vota porque ha entendido que, gane la lista que gane, él seguirá sin nadie que lo represente, y porque cada voto, sea al que sea, es una firma debajo de estas reglas. Por eso tampoco vale el voto en blanco ni el nulo: también son una forma de participar, y también cuentan como que aceptas el juego.

Votar es un derecho, no una obligación. Nadie te puede multar por no ir a votar, y no votar no te quita el derecho a quejarte. Al contrario: es la queja más clara que se puede hacer, porque es la única que no beneficia a ningún partido. Fíjate en que todos, sin excepción, te piden que votes. A alguno le dará igual quién gane, pero a ninguno le da igual que no votes.

Votar por miedo

Llevo toda la vida viendo a gente votar en contra de alguien. Votar a uno que no le gusta para que no gane otro que le gusta menos. Yo también lo he hecho. Es el mecanismo perfecto para que el sistema siga funcionando: ciudadanos hartos, que no confían en nadie, haciendo cola en el colegio electoral por miedo a la alternativa.

La abstención consciente rompe ese chantaje. No te pregunta a quién prefieres. Te pregunta si aceptas las reglas. Y a esa pregunta yo respondo que no.

Lo que no voy a decir

No voy a decir que si el 29N se abstiene la mitad del país el régimen caerá solo. No es así, y quien lo diga se lo está inventando. Una abstención alta no anula unas elecciones ni obliga a nadie a abrir un proceso constituyente: con la participación que sea, formarán Gobierno y dirán que todo es perfectamente legítimo.

La propia JDE lo dice claramente: la abstención por sí sola no basta. Tiene que ser masiva, consciente y organizada, y tiene que ir seguida de movilización civil pacífica: manifestaciones, huelgas y otras formas de no colaboración. Lo que se busca es que una sociedad civil que sabe lo que quiere demuestre que tiene más fuerza que el sistema que la gobierna. Es una estrategia, no un botón mágico. Ellos recuerdan que la no colaboración ya ha tumbado regímenes antes, y ponen el ejemplo de Gandhi en la India. También puede no funcionar. Pero lo que seguro que no funciona es seguir votando cada cuatro años y esperar que esta vez sea distinto.

Una advertencia práctica, porque esto no va de saltarse la ley. Si te toca formar parte de una mesa electoral, tienes que ir. No presentarse es delito (artículo 143 de la Ley Electoral), con penas de prisión o multa. Lo que sí existe es la posibilidad de pedir a la Junta Electoral que te excuse, y la JDE explica cómo hacerlo por objeción de conciencia. La decisión la toma la Junta Electoral, no tú.

El 29N, antes de ir a votar, piensa

No te pido que me creas. Te pido que te informes. Lee el manifiesto y las preguntas frecuentes de la Junta Democrática, que contestan casi todas las objeciones que se te puedan ocurrir. Y después pregúntate: ¿quién eligió a los candidatos de la lista que vas a votar? ¿Ante quién va a responder tu diputado: ante ti o ante su partido? ¿Qué puedes hacer tú si no cumple? ¿Quién controla al Gobierno, si el Gobierno sale del mismo Parlamento que debería controlarlo?

Si las respuestas no te gustan, quizá el 29N no tengas que elegir entre unos y otros. Quizá lo que toca es dejar de aceptar el juego y empezar a cambiarlo. Ese domingo no voy a pisar el colegio electoral, porque me niego a seguir firmando estas reglas. Pero tampoco me voy a quedar en casa.

El 29N, a las 20:00, frente al Congreso

La Junta Democrática ha convocado una concentración frente al Congreso de los Diputados el domingo 29 de noviembre a las 20:00, justo cuando cierran los colegios electorales. Yo voy a estar allí. Es la otra mitad de la abstención activa: no basta con no votar, hay que dejarse ver. Una abstención que nadie ve se confunde con la apatía. Una plaza llena, no.

Si no vives en Madrid, mira si hay una delegación de la JDE cerca de ti y si se convoca algo en tu ciudad, y ve. Y si algo de lo que has leído aquí te ha hecho pensar, compártelo y difunde la convocatoria. Ningún gran medio lo va a hacer por nosotros.

Nadie va a venir a cambiar esto por nosotros. Si algún día hay un cambio, no lo va a traer un partido. Lo traeremos nosotros.

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Sobre el autor

José Manuel García Locubiche. Site Reliability Engineer y sysadmin, con certificación de AWS. Trabajo en sistemas escalables, automatización y fiabilidad, y en evidencia y trazabilidad forense sobre AWS.

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