La disidencia domesticada— cómo el poder neutraliza la rebeldía.

Solemos pensar que la disidencia —protestar, criticar o pensar distinto— va a cambiar las cosas. Recientemente me he topado con un vídeo de hace unos años donde el escritor Juan Manuel de Prada, advertía de algo: en las democracias modernas, el poder ya no reprime directamente a quien disiente, lo absorbe. Cuando el ponente, en el vídeo, suelta que "los conservadores están para conservar los errores de los progresistas" me ha salido una bonita carcajada.

El sistema no elimina la crítica, sino que la domestica: deja que exista, pero sin que cambie nada. Así se mantiene la apariencia de pluralismo mientras el poder real sigue intacto. Aunque parece que este cambiando últimamente, en las democracias occidentales no hay censura directa ni cárceles para los críticos, pero hay algo más eficaz: la neutralización del que disiente.

Un filósofo, no recuerdo cual, decía que las élites dominan no sólo con leyes, sino imponiendo su visión del mundo como “sentido común”. Los medios, la publicidad y la cultura popular repiten ideas que definen lo que se puede o no se puede pensar. Así se fabrica el consenso, ni siquiera hace falta censurar si logras que la gente solo escuche versiones aceptables de la realidad.

Por eso, los disidentes que incomodan de verdad son marginados, tachados de radicales o ignorados. Los demás, los “rebeldes permitidos”, se integran en el sistema: participan en debates, publican libros, salen en televisión… pero sin tocar lo esencial. La disidencia existe, pero no amenaza al poder. Es una protesta decorativa.

Hoy, en la era de Internet y la cultura de masas, el sistema ya no necesita censurar. Le basta con convertir la rebeldía en un producto. Ser “rebelde” vende. Las camisetas del Che Guevara, el punk en los anuncios o las marcas que usan discursos feministas o ecológicos para mejorar su imagen son ejemplos claros. La crítica se vuelve moda y todo se transforma en entretenimiento, en memes o tendencias de un día.

Las redes sociales amplifican esto: miles de causas, protestas y polémicas se mezclan sin que ninguna deje huella. La indignación se recicla cada semana, sin consecuencias. Rebeldía completamente vacía, que da sensación de cambio pero no cambia nada.

El poder no solo se impone por la fuerza; también moldea lo que pensamos. Sea en democracias, dictaduras o populismos, el objetivo es el mismo: absorber la crítica, integrarla o hacerla parecer inútil. Cuando la oposición se vuelve parte del decorado —ya sea un partido minoritario, un influencer “crítico” o una protesta controlada— el sistema sale reforzado.

La disidencia domesticada es, en el fondo, la rebeldía que ya no amenaza a nadie.

Me pregunto si sabiendo como estamos, hay alguna salida. Yo creo que sí, pero es muy difícil. El primer paso sería que la gente fuera consciente de todo esto. De cómo el poder lo controla todo y absorbe la disidencia. Solo así se puede pensar en estrategias que no sigan el mismo juego.

Cómo dice casi al final del vídeo Juan Manuel, “La única manera de ser disidente dentro de este contexto es no compartir los principios que permiten esta inevitable deriva de la modernidad”.

Sea cual sea el camino, el reto debería ser el mismo: que la disidencia vuelva a ser capaz de transformar la realidad y no solo adornarla.