# Siempre buscando una cancha de baloncesto > Veintisiete temporadas de baloncesto federado, más todas las canchas que hubo por el camino: casi cuarenta años después, sigo buscando una cancha - Autor: José Manuel García Locubiche - Publicado: 2026-09-18 - Original: https://jose-m.net/2026/blog/siempre-buscando-una-cancha-de-baloncesto/ --- Mi primer recuerdo relacionado con el **baloncesto** fue ir con mi padre a jugar al patio de un colegio cuando vivíamos en Bilbao. Debía de tener ocho o nueve años. Recuerdo los tableros de madera blanca con las líneas negras y supongo que el aro sería el típico de hierro pintado de naranja, aunque ese detalle no lo recuerdo. También recuerdo, años después, ir al campo (a la montaña) a pasar el día y usar las cadenas del coche para colgarlas de un árbol como si fueran una canasta. ## Un bocata en el bar de enfrente Después de eso, ya en Granollers, llegaron la escuela de baloncesto, las escuelas de verano y mi primer equipo en categoría mini, en la temporada 87-88. Por aquel entonces la afición de la ciudad, de unos 50.000 habitantes, era enorme y fue creciendo durante unos diez años, mientras el equipo sénior del club, en el que jugaba en las categorías inferiores, estuvo en lo más alto, compitiendo con los mejores. El club nos animaba a ir a ver los partidos del primer equipo y recuerdo muchos fines de semana comiéndome un bocata con los amigos en el bar de enfrente del pabellón. Fue durante esos años cuando creo que empecé a amar este deporte. Las líneas y la geometría del campo, la forma de las canastas, los tableros, las redes colgando del aro, el tacto y la forma de la pelota y ese susurro seco que hace cuando entra limpia, sin tocar hierro. Recuerdo que mi primera pelota fue una Mikasa. También empezaba a entrar la NBA en casa. Aparecieron las revistas, los cromos, los programas de televisión... Estaba la mítica [*Gigantes*](https://www.gigantes.com/); más tarde, la NBA se coló por la rendija del VHS y llegó la revista NBA, de la que todavía guardo la portada de Michael Jordan levantando su primer anillo, en 1991. Años después, la película Air me devolvió de golpe a aquella época. Tendría que ordenar las fechas, pero la memoria no archiva por cronología sino por emociones. Todo aquello está guardado en el mismo cajón: el de las cosas que me marcaron. Bodegón de baloncesto: un balón Mikasa, una bolsa con el número 6, la Revista Oficial NBA y la Gigantes con Michael Jordan campeón, una ficha federada de la temporada 86-87 y una pizarra, con un pabellón y una canasta de calle al fondo. ## Cazadores de aros En esa época tenía la cabeza llena de baloncesto. Estaba en casa y cualquier papelera era un aro. Salía a la calle y el mundo estaba lleno de listones: letreros, ramas, marcos de puertas. Saltaba para tocarlos y comprobar hasta dónde llegaba. Aparte de mis entrenos y partidos con mi equipo, bajaba con la pelota bajo el brazo a la canasta del barrio. En el cole salíamos al patio y yo solo quería jugar a básquet, aprender cosas nuevas, aplicar los movimientos que nos enseñaban cuando entrenaba. Los días de fiesta, o siempre que podíamos, saltábamos las vallas de los colegios como quien entra en un sitio que le pertenece. Éramos cazadores de aros de barrio en barrio. Y en esas canchas prestadas y en esos primeros equipos fui reuniendo, sin darme cuenta, amistades que todavía conservo desde aquellos años. ## La liturgia del fin de semana Lo que ocupaba el calendario federado era una rutina que se repitió durante veintisiete temporadas seguidas: la ficha que se renueva cada septiembre, el reconocimiento médico, la pretemporada, dos o tres entrenamientos entre semana y el partido del fin de semana. Cambié de club varias veces y fui subiendo de categoría, pero la liturgia era siempre la misma: la bolsa preparada la noche antes, el vestuario, los pabellones fríos de pueblos que no había pisado nunca, el árbitro que ya conocías de otros años, el acta firmada al final y ese viaje de vuelta en el que se hablaba del partido hasta que alguien se dormía. Había un equipo que contaba contigo, un calendario que no negociabas y una temporada que empezaba y terminaba estuvieras como estuvieras. En las gradas, siempre fieles, estaban nuestros familiares. Nos acompañaban a todos los pueblos y ciudades a los que íbamos y compartían con nosotros las victorias y también las derrotas. ## Cuando desaparece la cabeza Temporada tras temporada, siempre con alguna lesión de por medio, me iba viendo cada vez mejor. Llegas a un punto en el que dejas de pensar en lo que estás haciendo. Es como si alguien bajara el volumen de una radio que llevaba años encendida. Ya no piensas en cómo posicionarte en la pista. Muchas cosas salen solas, de forma intuitiva. Te colocas en el sitio correcto sin saber muy bien por qué, sabes hacia dónde irá el balón cuando rebota en el aro y algunas cosas ocurren antes de que tengas tiempo de pensarlas. El tiempo se vuelve de goma. Sales del partido sin saber muy bien qué has hecho y con la sensación de que podrías haber seguido jugando dos horas más. ## El trabajo que a nadie le gustaba Nunca fui anotador. Fui más de cimiento que de fachada: de los que no salen en la foto. Defender, robar balones, rebotear, poner tapones, tocarle las narices al contrario. Mi estadística favorita no salía en el acta: sacar de quicio al que tenía delante y conseguir una posesión más para mi equipo. Varios entrenadores me marcaron. Unos por lo que me enseñaron técnicamente; otros, por su forma de ser y su carácter. No creo que los olvide nunca. ## Competir contra uno mismo El baloncesto me dio clases sin que yo supiera que estaba matriculado. Me enseñó a perder en público, a ser el peor de la tarde y a tragarme el partido entero. También me enseñó que cuando un equipo encaja se nota, aunque nadie vea las piezas que hacen que todo funcione. Y me enseñó algo que tardé muchos años en entender: el esfuerzo no siempre basta. Puedes entrenar más, correr más, saltar más y aun así perder. Puedes hacer todo lo que estaba en tu mano y que el resultado no acompañe. Durante muchos años entendí el deporte como una competición contra los demás. Con el tiempo, sin embargo, empezó a importarme más otra competición: la que mantengo conmigo mismo. Descubrir hasta dónde puedo llegar y aceptar que ese límite también cambia con los años. Hoy el deporte, no solo el baloncesto, sigue siendo eso para mí: una forma de competir conmigo mismo y de descubrir, a medida que pasa el tiempo, dónde están mis límites físicos. ## Sin ficha y sin horario Los clubes pasaron, las revistas amarillearon en algún cajón y de aquellos equipos quedan unos pocos amigos que todavía me acompañan. Desde los 38 juego sin ficha y sin horario: con mi familia en casa, o solo, en cualquier canasta que me encuentre. Muchas de esas canchas las he ido fotografiando y las tengo publicadas aquí. Ya no hay entrenador, árbitro, calendario ni nadie esperando que aparezca el sábado. A veces ni siquiera hay nadie más. Solo una pelota, una canasta y un rato para mí. Hay días en los que no necesitas hablar con nadie. Solo necesitas buscar un aro y jugar. El baloncesto ha sido una parte muy importante de mi vida. Cuando alguna vez me pongo a jugar y a lanzar unas canastas, recuerdo parte de quién fui. Durante un rato, todo lo demás baja de volumen. Estoy muy agradecido a mis amigos, a mi familia y, sobre todo, a mis padres, por haberme apoyado siempre. Mi primer recuerdo relacionado con el baloncesto es ir con mi padre a jugar a un patio de colegio. Casi cuarenta años después, sigo buscando una cancha.