No me gusta correr, pero hice una maratón.
No me gusta correr y tampoco me gusta demasiado conducir, pero en algún momento de mi reciente vida decidí hacer una maratón en la bonita Italia y tacharla de una lista.
Estuve buscando una que no fuera ni la de Barcelona ni mucho menos la de New York, y buceando por la red terminé encontrando una que, al menos desde la distancia, parecía preciosa: la Maratón del Lago di Garda
Por supuesto, antes de ir había que entrenar un poco. Este fue el plan que seguí, más o menos, a rajatabla. No siempre lo cumplía, pero lo hice casi completo.

Podíamos haber ido en avión y ahorrarnos unas cuantas horas de coche, pero optamos por añadirle un poco más de aventura: unos 1.200 km (doce horas) de ida y otros tantos de vuelta, pasando por Béziers, en Francia.
La primera noche dormimos en lo que había sido una cárcel, posteriormente reconvertida en hotel ( La Prison ). La verdad es que fue una experiencia curiosa: dormir en una celda del módulo A de un centro penitenciario que había estado operativo hasta apenas trece años antes. Lo comento porque fue un detalle que nos sorprendió bastante.

A la mañana siguiente salimos temprano. Tuvimos que apretar un poco porque la entrega del dorsal tenía hora límite. Parábamos cada tres horas más o menos y, sobre las cinco de la tarde, llegamos a Malcesine, donde recogimos la bolsa del corredor.
Básicamente contenía el dorsal con su chip, algunos snacks energéticos y los descuentos habituales de algunas marcas. Eso sí, no había imperdibles, así que nos tocó buscar una mercería para comprar unos, aunque al final nos los regalaron.
El día de la carrera, el hotel Malcesine nos sirvió el desayuno a las 6:00 solo a los corredores que teníamos que coger el ferry de las 7:15. A esa hora subí al barco junto a un montón de gente que iba a lo mismo: cruzar al otro lado del lago para empezar la maratón.
Nos esperaban 42 kilómetros con muy poco desnivel, bordeando el lago y terminando de nuevo en Malcesine, con la suerte de tener la meta a apenas 100 metros del hotel.

Los primeros 30 kilómetros fueron bastante bien. Los hice prácticamente en tres horas, pero justo ahí la realidad me dio el primer aviso.
Las plantas de mis pies, la espalda y el músculo pectíneo —he tenido que buscar cómo se llamaba— decidieron que ya habían visto suficiente lago y empezaron a protestar, convirtiendo los últimos 12 kilómetros en una negociación constante entre mi cabeza y todas esas partes doloridas.
Crucé la meta ( prueba ) más por orgullo que por otra cosa, pensando sobre todo en que había conseguido aquello que me había propuesto.
Pero el fin de semana no terminaba ahí.
Si la ida habían sido doce horas de coche, la vuelta no iba a ser menos. Para rematar la experiencia, a la mañana siguiente me tocó volver a ponerme al volante. Sorprendentemente, no estaba tan mal como esperaba y la recuperación fue bastante buena, así que volvimos a casa sin prisa, pero sin pausa.
Fue duro físicamente, pero me encantó la experiencia: el lugar, el ambiente de la carrera y, sobre todo, la compañía y el apoyo que tuve para poder terminar esta pequeña aventura.
